El blog de Moebius

29Jun/110

El primer vuelo, Barcelona

Crónicas de la época, La Vanguardia

Sólo unas pocas decenas de personas se han acercado en esta fría, soleada pero algo ventosa tarde al hipódromo de Can Tunis de Barcelona, en las faldas de Montjuïc, a las afueras de la ciudad.
Este es el teatro en el que la sociedad barcelonesa exhibe sus carruajes en las tardes de espectáculo hípico dominical. En los corros y tertulias, la buena educación se mide procurando que las señoras no hieran con la copa de sus sombreros al caballero y que los señores no asfixien a las damas con el humo de los habanos de las colonias perdidas.
Pero el hipódromo está ahora tranquilo. Los pocos aficionados a la aeronáutica han sido citados para ser testigos de uno de los mayores avances de este siglo. Barcelona quiere estar, como siempre, en primera fila de un nuevo prodigio. Son los ensayos de los primeros vuelos mecánicos, que se exhibirán en los próximos días en la ciudad.
Entre los presentes en esta tarde del 11 de febrero de 1910 está un periodista de La Vanguardia que nos va a relatar algo que él mismo no sabe si va a ser capaz de transmitir. Su noticia no tuvo un relieve tipográfico especial, ni un título llamativo. Apareció entre las diminutas notas marítimas, militares y religiosas. Pero al cumplirse cien años de aquella fecha, su testimonio cobra luz propia.
El primer vuelo de prueba fue más bien un salto de un centenar de metros y sirvió para calibrar el viento. El aeroplano rodó unos veinte metros y se elevó con una seguridad y aplomo tales que "aun los más exigentes, en un arranque espontáneo, batieron palmas entusiasmados". Pero sólo fue el preludio de lo que minutos después sería un vuelo "en toda regla".
El aviador, Julien Mamet, se situó en un extremo. Empezó a tronar el motor Anzani de 25 CV. Y, a la señal del ayudante, dejó ir la cola de la avión Blériot. En pocos metros, el piloto rodeó el hipódromo, pasó por detrás de la tribuna ante los atónitos espectadores y, cuando estaba a unos 60 metros de altura, describió un "elegante círculo" para enfilar la línea recta y aterrizar en la hierba. No hubo ningún contratiempo ni accidente que "turbara su pequeña pero admirable excursión".
El vuelo duró sólo dos minutos y ocho segundos, según ha reconstruido Enric Pallarés. Es el primer vuelo completo documentado registrado en España. En días sucesivos, el mismo periodista ?A.S.? iba a agotar su zurrón de metáforas para explicar aquella visión de la "libélula colosal", el "hombre pájaro", el "ave artificial", el "monstruo volador".
Para Mamet, su show barcelonés tuvo un punto de rutina profesional, pero la conmoción que causó en la ciudad fue enorme. En días posteriores, y con motivo de la exhibición aérea, los carruajes ocasionaron atascos monumentales en el hipódromo (lo que suena a crítica retrospectiva de tráfico) y los diarios pidieron que los curiosos se abstuvieran de invadir los espacios reservados para el vuelo.
Julien Mamet completaría en días posteriores otros vuelos más prolongados hasta convertirse en un personaje popular: fue aclamado, salió a hombros y sintió de cerca el calor de un público, que vivió con intensa alegría y temor su osada pericia. El periodista, convertido en un fiel seguidor de aquel acontecimiento, resalta cómo la excursión aérea se prolongó el día 15 de febrero hasta el mar y llega incluso hasta la necrópolis del Sudeste, donde se eleva hasta unos 150 metros antes de volver al punto de partida.
En un segundo vuelo, ese día, Mamet sufrió un traspié. Tras despegar, empezó a hacer círculos en espiral y su motor se paró. Todo el mundo esperaba lo peor. El avión tomó tierra casi al final del hipódromo y, como el aparato seguía rodando por su propia inercia (entonces no tenían frenos), saltó y cogió el avión por la cola ante el temor de estrellarse en la valla de un descampado colindante.
El público reaccionó con aplausos taurinos para el intrépido aviador. Pero lo importante fue el nuevo récord: 6 minutos y 40 segundos de vuelo. Lo ha documentado Enric Pallarés. Para los barceloneses, fue un shock ver volar una máquina tan pesada.
La ciudad apenas conocía la electricidad. De un lado llegaban las informaciones deprimentes de un país que se desangraba en el norte de África y seguía conmocionado por la Setmana Tràgica; pero de París llegaban noticias de avances científicos, captadas por barceloneses inquietos, que veían en la aviación unas nuevas posibilidades que ofrecía la tecnología para mezclar deporte y aventura en una época de inquietud cultural.
La organización de aquellos primeros vuelos fue posible gracias, en gran parte, a personajes como Mario García Cames, un uruguayo residente en Barcelona que obtuvo el título de piloto en la escuela de pilotos de Pau. García Cames recibió el encargo de la Sociedad para la Locomoción Aérea de Barcelona de entrar en contacto con Louis Blériot, el primer aviador que cruzó el canal de la Mancha.
García Cames compró un avión (fabricado en la fábrica de Blériot en las afueras de París, la meca aeronáutica entonces) e intentó incluso que el propio Blériot visitara Barcelona para participar en una exhibición aérea. Pero Blériot declinó la invitación y, en cambio, prometió que acudiría su más estrecho colaborador, el piloto y mecánico Julien Mamet, un hombre de confianza y que protagonizará numerosos vuelos de exhibición en España y en otros sitios de Europa.

Con motivo del centenario se realizó una exposición en la Terminal T1 del aeropuerto de Barcelona, con una réplica del Bleriot de Julien Mamet.

 

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